La Tierra no dialoga. No persuade. No entra en mesas de negociación ni acepta calendarios de transición. La Tierra responde . Responde cuando se la drena hasta dejarla hueca. Cuando se la corta en fragmentos funcionales. Cuando se la horada buscando energía, litio, agua, rentabilidad. Cuando se la cruza sin atención, se la pisa sin escucha, se la ocupa sin permiso. La respuesta no tiene intención moral. No castiga ni premia. Ajusta. Corrige. Reequilibra. Como lo ha hecho siempre. El error humano ha sido creer que esa respuesta podía ser administrada. Que bastaba con cambiar el discurso, optimizar procesos, pintar de verde la maquinaria, sustituir una fuente de energía por otra sin tocar el fondo del problema. Pero el problema nunca fue técnico. Fue ontológico . El crecimiento como religión El crecimiento no es una ley del mundo. Es una creencia. Una creencia reciente, agresiva y profundamente antinatural. Una fe que ha colonizado todos los ámbitos de la vida humana: e...